Risotto de espinacas, queso ahumado y nueces (Marta)

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Sabía que me iba a tocar subir receta al blog cuando empezara la dieta que estoy haciendo… y, sí, me tocó justo en la semana de depuración, cuando menos variedad de alimentos podía comer. La ley de Murphy.

Una vez resignada a lo inevitable (es decir, a no poder comerme lo que cocinaba) la verdad es que no fue tan complicado. Aproveché que Sara estaba en casa e improvisé un risotto con lo que había en la nevera para darle algo de comer que no fuesen batidos, purés o gazpachos.

Aquí tenéis el resultado. Aunque yo no lo probé, según Sara estaba muy rico.

Ingredientes para 4 personas

400 gr de espinacas (o, en su defecto, una bolsa); dos tazas de arroz; 1 litro de caldo verduras, a ser posible casero; medio vaso de vino blanco; media cebolla; dos dientes de ajo; un trozo de queso ahumado (tipo Idiazábal o incluso más blando); un puñado de nueces; aceite, sal y unas hebras de azafrán.

Preparación

Limpiamos las espinacas, retiramos los tallos y las cortamos en trozos no muy grandes. Cortamos la cebolla y el ajo en brunoise y los ponemos a dorar en una cazuela baja con aceite. Cuando están doraditos, añadimos el arroz y lo meneamos bien para que se empape del aceite. Cuando el arroz empieza a dorarse, añadimos el azafrán, dejamos que se tueste un poco y echamos el vino blanco de golpe. Cuando el vino se ha evaporado, empezamos a añadir el caldo previamente calentado poco a poco sin dejar de remover, para dejar salir todo el almidón y consegir ese efecto meloso que tienen los risottos.

Cuando veamos que el arroz está ya menos duro, empezamos a añadir las espinacas poco a poco y sin dejar de remover. Cuando el arroz está casi a punto añadimos el queso cortado en daditos y removemos para que se funda y se mezcle con el arroz. Por último, añadimos las nueces picaditas y algunas hebras de azafrán para decorar.

Ahora, a la mesa: hay que comerlo enseguida para que no se pegue ni se pase.

Miso ramen exprés (Marta)

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Como todas mis recetas, esta tiene una larga historia detrás. Lo creáis o no, yo amaba el ramen antes de haberlo probado. Os cuento por qué. Un día leí esta noticia en el periódico: Antonio Solera, un guitarrista de una compañía de baile español, había salvado a una chica al recogerla con su cazadora cuando se tiró de un edificio en llamas en Tokyo. Al parecer, el hombre, que lo contaba como si tal cosa, dijo que al terminar la actuación tenía hambre, salió a tomar una sopa ramen a un sitio que cerraba tarde y se encontró con la escena: una chica aterrorizada que se debatía entre tirarse al vacío o correr el riesgo de morir quemada. El músico hizo lo que consideró natural: decirle, con su japonés rudimentario (por lo visto, todos los flamencos saben algo de japonés!), que se tirase que él la recogía. Y así lo hizo, salvándole la vida.

Luego resultó que aquel guitarrista trabajaba en la misma compañía donde baila mi amigo Jairo, que estaba también en Tokyo cuando sucedió aquello, y que el hombre incluso fue condecorado por su heroica actuación ( la del incendio, no la otra…)…en fin, casualidades de la vida.

El caso es que me quedé con lo del ramen, no sé, me resultó curioso que aquel hombre, ya mayorcito y granaíno, fuese aficionado a esas sopas exóticas cuando te lo hubieras imaginado más con un caldito de puchero con hierbabuena, por poner un ejemplo…

Tras tomar por fin ramen en un par de sitios y comprobar que me gustaba tanto como me había imaginado, me decidí a hacerlo en casa con ayuda de Claudia, cogiendo ideas de aquí y de allá y con lo que teníamos por la nevera. Los resultados fueron bastante espectaculares para ser una versión rápida y sui generis del auténtico ramen japonés, del que hay muchas variedades, algunas de ellas muy elaboradas.

Ingredientes para 4 personas

1 l ½ de caldo de pollo o cocido; 3 dientes de ajo aplastados; una raíz de de jengibre cortada en láminas finas; 3 cucharadas de pasta de miso ( a la venta en cualquier supermeracdo asiático); un buen chorro de salsa de soja; 2 pechugas de pollo deshilachadas; 4 cebolletas picadas; 2 tazas de espinacas ; 2 tazas de kale o col china; 1 taza de zanahoria; 1 taza de setas shitake; 2 huevos poco hervidos; fideos ramen cocidos ( o udon o noodles, el fideo que más os guste); cebollino picado para adornar

Preparación

 Cortamos la zanahoria en rodajas finas y un poco al bies. Cortamos también las setas en láminas y la col china en juliana mediana, no muy fina. Picamos las cebolletas, dos de ellas en láminas, las otras dos en tiras. Salteamos las zanahorias por una parte y las setas shiitake por otro con una gota de aceite. Seguidamente, hervimos las espinacas en agua salada durante unos 30 segundos como mucho. Hacemos lo mismo con la col china, pero la dejamos unos 3 minutos. Reservamos todo.

Ponemos el caldo a hervir con el jengibre cortado en láminas, los ajos enteros y las dos cebolletas en tiras. A los 30 minutos añadimos la salsa de soja y las dos pechugas enteras ( si ya tenéis el pollo hervido del cocido os saltáis este paso) y las dejamos cocer durante unos 15 ó 20 minutos más. Las sacamos, las deshilachamos y las apartamos. Añadimos al caldo la pasta de miso con cuidado de que no salgan grumos ( por ejemplo, utilizando un colador). Cocemos dos huevos durante unos 8 minutos. Pasado este tiempo, los sacamos del agua y los metemos un ratito en agua con hielo para que la clara quede dura y la yema líquida. Preparamos los fideos en un cazo aparte.

Con todos los ingredientes ya listos, montamos los platos o cuencos para cada comensal: un poco de caldo, los fideos encima, en un lado un puñadito de espinacas, otro de col china, otro de setas, cebolleta cortada, un puñadito de zanahorias, un poco de pollo, medio huevo y, para adornar, cebollino cortado.

Se come con cuchara y palillos, sorbiendo ruidosamente el caldo para que se enfríe y se aprecien mejor los sabores.

Ensalada de espinacas, queso feta y granada (Marta)

Ensalada de espinacas, queso feta y granada

Tras unas cuantas semanas de recetas exóticas pensé que estaría bien volver a la cocina de toda la vida y proponer alguna receta españolísima, de esas que, en su versión más auténtica, podemos encontrar en el libro de cocina de la Sección Femenina de la F.E. de las J.O.N.S. Ese libro impagable que a los menores de 40 les sonará a chino (o, más bien, a norcoreano por aquello del totalitarismo franquista) pero que marcó las vidas de nuestras madres y llenó nuestra más tierna infancia de platos con nombres tan evocadores como Rape alangostado, Coles de bruselas a la Mornay o Sopa al cuarto de hora. Un libro que heredé de mi madre y que se cae a trozos pero del que todavía echo mano para masas y salsas complicadas.

Todo esto no sé por qué os lo cuento, ya que al final descarté esa posibilidad (no exenta de gracia) para decidirme por esta receta mucho más ligera, sencilla y, por qué no decirlo, más propia de nuestro tiempo…y que me ha permitido salir del paso con las cuatro cosas que tenía en la nevera. Aunque me la inventé un poco sobre la marcha, ya había comprobado en otras ocasiones que el sabor salado de las aceitunas negras y el queso feta le iba genial a cualquier fruta dulce y con alto contenido en agua, así que podéis sustituir la granada por melón o mandarina y el resultado será muy parecido.

Ingredientes para 4 personas

200 gr de espinacas frescas; 1 huevo; 2 cebolletas de primavera; 50 gr. de queso feta; 1/2 granada; un puñado de aceitunas negras; un puñado de nueces; sal, aceite y vinagre balsámico

Preparación

Como podéis imaginar, la máxima dificultad de esta receta está en decidir en qué fuente servirlo. Aún así, os cuento cómo hacerla.

Ponéis a cocer un huevo. Laváis la espinacas y descartáis los tallos.  Disponéis las hojas cortadas en trozos ni muy grandes ni muy pequeños en una fuente plana o plato grande. Cortáis las aceitunas negras en rodajas, la cebolleta en láminas y desmenuzáis el queso feta con las manos para conseguir un efecto migado. Cuando el huevo esté cocido, lo cortáis en trocitos  y lo añadís a la ensalada junto con las nueces picadas. Termináis repartiendo las semillas de granada estratégicamente para dar ese toque intenso de color.

Para desgranar la granada (valga la redundancia), hay un truco infalible: cogéis la media granada, le dais la vuelta y la golpéais repetidamente con una cuchara por la parte de la cáscara. Las semillas irán cayendo una tras otra hasta vaciarse por completo.

Aliñáis con la sal, el aceite y el vinagre o con cualquier otra vinagreta que se os ocurra: de naranja, de cebollino, de mostaza y miel…y listo calixto!, ya tenéis una ensalada fresquita y muy saludable gracias a las espinacas, ricas en fibra, ácido fólico, vitamina K, magnesio y potasio y a las propiedades antioxidantes de la granada.